
Afuera, la lluvia de Oaxaca golpeaba las láminas con ese ritmo que te obliga a quedarte quieta, y ahí estaba yo, con un folleto de un retiro en la montaña en una mano y el cursor del ratón sobre la inscripción de Jornada hacia el Alma en la otra. Era mediados de noviembre y mi cuerpo pedía a gritos cerrar un ciclo que traía arrastrando desde que mi madre se nos fue en 2021. Te lo digo como hermana: no es que me faltara fe en el aire del monte, pero entre el trabajo remoto y los gastos de la casa, irme tres días a que me hicieran limpias ajenas se sentía como un lujo que mi economía de mesa de cocina no podía sostener.
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La economía del espíritu: ¿Retiro o pantalla?
Mira, el retiro que me ofrecían costaba casi el triple de lo que vale la Jornada, que anda por los $147. Si le sumas el transporte a la sierra, las comidas y los días que no iba a poder trabajar, la cuenta se me subía a casi un mes de mis ingresos. Para una que vive al día con sus proyectos, eso no es solo 'invertir en una misma', es dejar de pagar la luz o el internet. Jornada hacia el Alma me pedía esos $147 una sola vez, lo que para mí representaba unas dos semanas de mis horas de trabajo concentrado. Al final, la decisión fue práctica: ¿quería un fin de semana de alivio o una herramienta que se quedara conmigo en el comedor de mi casa?
Elegí el programa digital porque, qué onda con la idea de que para sanar hay que huir de la realidad. Para las que somos madres solteras o tenemos el taller en la misma casa donde dormimos, irse de retiro es inviable porque no siempre hay quien se quede con los chamacos o cuide el negocio. La Jornada me permitía integrar el proceso sin abandonar mis responsabilidades. Podía encender un poco de copal, cerrar la puerta del cuarto y trabajar en mis ancestros mientras la lavadora terminaba su ciclo. Eso, para mí, vale más que cualquier templo lejano.
El peso de lo que no se ve
Durante las fiestas de fin de año, mientras todo el mundo estaba en el borlote, yo me puse a escarbar en el primer módulo. Recuerdo el olor a copal mezclándose con el calor de mi laptop mientras el video de la primera lección cargaba en la pantalla. Sentí una punzada de duda, no te creas. Me pregunté si mi abuela se reiría de mí por intentar sanar el linaje familiar usando una conexión de Wi-Fi en lugar de un manojo de hierbas frescas y un huevo de rancho. Pero en cuanto empezó la guía, entendí que el Wi-Fi es solo el cable; la intención es la que hace el trabajo.
Eso sí, me di un frentazo al principio. Como soy de las que quieren resolver todo rápido, intenté terminar la primera fase en un solo fin de semana y acabé con un dolor de cabeza tensional de esos que te nublan la vista, ignorando la advertencia de que esto no es una meditación ligera para dormir. No es como el Ho'oponopono para Sanar, que cuesta unos $80 y es una práctica mucho más amable y acumulativa para el diario. La Jornada tiene una carga emocional real, de esa que te revuelve el estómago porque te obliga a mirar a los que estuvieron antes que tú con una honestidad que duele.
Cuando el proceso te pide parar
Al cabo de dos meses de estudio constante, ya por enero, llegué a un punto donde tuve que soltar el mouse. El segundo módulo me sacudió memorias de mi madre que yo ni sabía que cargaba. No era cansancio, era que el alma se me puso pesada. Ahí entendí que el programa está bien estructurado por etapas precisamente para que no te quiebres. Si hubiera estado en un retiro presencial, me habrían dado un abrazo y me habrían mandado a mi casa en tres días, dejándome el pecho abierto en medio del tráfico. Aquí, pude cerrar la sesión, irme a caminar al mercado y retomar el hilo cuando mi sistema nervioso estuvo listo.
A veces me preguntan si no hubiera sido mejor algo más específico, como la Sanación con Llama Trina, que sale en unos $90. Se lo recomendé a una prima que es muy de ángeles y simbología, porque a ella eso le resuena. Pero para lo mío, que era procesar el duelo y entender por qué en mi familia siempre repetimos las mismas historias de soledad, la Jornada fue el clavo que entró en la madera. Es un programa que se siente robusto, como una buena mesa de roble, comparado con el PASE AlmaSana de $80, que es más como una probadita de varias cosas pero sin llegar al hueso de un solo tema.
La mística de lo cotidiano
Una tarde lluviosa de abril, casi seis meses después de haber empezado, me senté a revisar mis notas. Ya no sentía ese nudo en la garganta al hablar de mi mamá. Había algo que se había acomodado, no por arte de magia, sino por la disciplina de sentarme a hacer el trabajo. A diferencia de un Curso sobre Mística Espontánea que vi por $75 y que se me hizo un poco muy 'en el aire', la Jornada te da pasos que puedes pisar con fuerza.
Ojo, que yo no estoy diciendo que esto sustituya a un psicólogo si traes una depresión de esas negras que no te dejan ni pararte de la cama. Yo misma he tenido que consultar con profesionales cuando el agua me llega al cuello, y tú deberías hacer lo mismo si sientes que no puedes sola. La sanación ancestral es un camino paralelo, una forma de honrar la raíz, pero no es medicina de emergencia. Hay que ser responsables con lo que uno se mete al espíritu.
Al final, mi conclusión es simple: si tienes el dinero y el tiempo de irte a la montaña, qué bueno, hazlo. Pero si eres como yo, que tiene que contar los pesos y no puede dejar la casa sola, Jornada hacia el Alma es la forma más honesta de hacer el trabajo sin que se te desmorone la vida afuera. Sanar en el comedor, entre el olor al café y el ruido de los vecinos, tiene una potencia que ningún retiro te da, porque es ahí, en lo cotidiano, donde realmente vivimos.
Si sientes que ya es hora de mirar hacia atrás para poder caminar hacia adelante, dale una oportunidad a este proceso. No es el camino más fácil, pero es el que se queda contigo cuando apagas la computadora. Puedes ver los detalles del programa aquí en la página oficial de la Jornada y decidir si es lo que tu mesa de cocina está necesitando hoy.